‘Lost in Translation’, perdidos y encontrados

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Sofia Coppola, hija del legendario Francis Ford Coppola, decidió seguir los pasos de su padre y convertirse en directora de cine. ‘Las vírgenes suicidas‘, ópera prima que retrataba la vida en los años 70 de una familia marcada por la tragedia, fue un auténtico éxito del cine independiente e hizo presagiar un futuro prometedor para la joven directora.

Algo que ella misma se encargó de confirmar con su segunda película, ‘Lost in Translation‘, convertida hoy en día en un film de culto. La cinta, estrenada cuatro años de su primera película, se hizo con numerosos galardones en diferentes festivales, entre los que se incluyen el de Mejor película extranjera en los Premios del cine Alemán, Francés e Italiano, tres BAFTA, tres Globos de Oro y el Oscar a Mejor guión original, que  también firma la propia Coppola.

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La película nos introduce a dos personajes: Bob Harris, actor norteamericano venido a menos que se encuentra en Tokio para realizar un anuncio de whisky japonés, y Charlotte, una joven que acompaña a su marido en un viaje de negocios. Ambos personajes se encuentran perdidos y desubicados, tanto en la ciudad como en su vida privada.

Bob atraviesa una aguda crisis personal, con una carrera profesional en pleno declive hasta el punto de verse obligado a realizar anuncios en la otra parte del mundo y una mujer con la que parece destinado a no entenderse, estando ella más preocupada por el color de la moqueta del estudio que de los sentimientos de su marido y siendo él incapaz de arreglar las cosas. Un personaje que ha perdido la ilusión y que pasa la vida dejándose llevar. Charlotte, por su parte, tampoco se encuentra en su mejor momento. Casada hace apenas dos años con su marido, empieza a tener dudas sobre su matrimonio, en el que se encuentra sola.

Hay determinadas películas en las que el escenario en el que se desarrolla la acción juega un papel primordial en la historia, y ésta es una de dichas ocasiones. La gigantesca capital japonesa es aquí un personaje más, acentuando la soledad que experimentan ambos personajes, perdidos en un mundo tan exótico como culturalmente distinto al que están acostumbrados.

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Una noche, en el bar del hotel, se conocen. Ambos personajes se acercan y mantienen una primera conversación amistosa, preguntándose el uno al otro el motivo de su estancia en Japón.  En un segundo encuentro, también en el bar del hotel, él actúa como bote salvavidas para ella, que aprovecha la ocasión para acercase a saludar y poder escapar de la incómoda cena en la que se encuentra inmersa. Otra noche, más adelante, se vuelven a cruzar en la piscina del hotel y ella le propone acompañarla a pasar la noche con unos amigos en la ciudad. Él acepta de buen grado y se embarcan juntos a disfrutar de la noche japonesa. Es este tercer encuentro el que tiene mayor importancia, pues es la primera vez en la que observamos a ambos personajes felices. Esta secuencia nos deja escenas memorables, como la del karaoke o la posterior a ella, en la que Charlotte apoya la cabeza sobre el hombro de Bob quedándose ambos en silencio, simplemente estando juntos. Poco a poco se va creando entre ellos una especie de complicidad en la que sobran las palabras, pasando más tiempo juntos y encontrándose cada vez más a gusto el uno al lado del otro.

Esta mencionada complicidad entre ambos personajes no aparece explicada a través de largos diálogos, sino que se muestra de manera sutil a través de pequeños gestos, como la mirada que se dedican cantando en el karaoke o la leve caricia de Bob sobre el pie de Charlotte cuando se quedan dormidos en su habitación. Esta ausencia de largos diálogos es una de las señas de identidad de la película y una de las principales críticas esgrimida por los detractores de la película, pero si uno se molesta en observar se dará cuenta que ocurre mucho entre tanto espacio y silencio.

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No se puede sino alabar la labor de Bill Murray y Scarlett Johansson, quienes soportan bajo sus hombros prácticamente la totalidad de la película y es gracias a la extraordinaria química existente entre ellos que la relación se hace creíble. Él jamas ha estado tan divertido y frágil ni ella tan deliciosa e irresistible como en esta película. Entre los secundarios encontramos a Anna Faris y  Giovanni Ribisi, que, si bien cumplen con su papel, cuentan con un tiempo en pantalla tan escaso que su presencia resulta casi anecdótica.

Sofia Coppola es la otra gran artífice de esta obra, y es que acierta en todas y cada una de las decisiones que toma. Presenta a los personajes simplemente poniéndolos ante la cámara sin que realicen nada especial, lo que logra que conectemos con ellos y sintamos su desorientación; opta por mostrar cómo surge y crece la relación entre ellos a partir de pequeños detalles; escapa de un final feliz que hubiese destrozado la película para otorgarnos uno que resulta natural y elegante, con ambos personajes despidiéndose abrazados en mitad de la muchedumbre y susurrándose algo que quedará para siempre entre ellos.

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Tildada de pretenciosa y aburrida por unos y de obra maestra por otros, es uno de esos títulos que tanto divide a los aficionados al cine. O la odias o la amas. A mí particularmente no se me ocurre cómo no poder amarla.

Puntuación: 10/10

 

 

 

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