‘Lady Bird’, el verdadero despegue de Christine

Greta Gerwig es una de las principales voces del cine indie desde su participación en ‘Frances Ha’ y ‘Mistress America’, cintas en las que también ejerció de co-guionista junto a su marido, el director Noah Baumbach. ‘Lady Bird‘ supone su primera película tras la cámara, un aclamado debut por el que ha recibido sendas nominaciones a mejor película y guión original en los Oscars.

Originaria de Sacramento, educada en una escuela católica solo para niñas y cuya madre se llama, al igual que la protagonista de la película, Christine. No son pocas las referencias de la película a la propia vida de la directora que, si bien ha desmentido que el film sea autobiográfico, sí que lo ha calificado como una carta de amor al Sacramento en el que se crió.

Gerwig demuestra ser una cineasta que sabe de lo que habla y entrega una película llena de inteligencia y humor, con diálogos exquisitos y una encantadora interpretación de Saoirse Ronan.

Christine se hace llamar “Lady Bird”, nombre que se ha dado a sí misma ante la incomprensión que le supone el hecho de que la gente se llame por los nombres que les han otorgado sus padres. Lady Bird vive en Sacramento, ciudad que ama sin saberlo y que considera que le corta sus alas y no le permite crecer y desarrollarse como ella desearía. A su mejor amiga, Julie, le une una verdadera amistad, pero la deja de lado para irse con otras compañías. Vive en casa de sus padres, con una madre severa y autoritaria y un padre más comedido y comprensivo. No aguanta a su madre, aunque la defiende cada vez que alguien critica su fuerte y complicado carácter. Adora a su padre, pero le pide que la deje unas manzanas antes de llegar al instituto porque se avergüenza de que la vean con él. Miente a sus amigas sobre dónde vive, aparentando vivir en la casa de sus sueños. Se escapa por la noche para yacer en la hierba junto al chico que le gusta y poder gritar más tarde de euforia en mitad de la carretera. Se enfrenta a los ideales católicos de su instituto comiendo hostias consagradas como tentempié o no dudando en defender su postura sobre el aborto en una conferencia. Da sus primeros pasos en el amor, unos primeros pasos que acaban resultando ser errados. Se debate sobre cuándo es el momento adecuado para perder la virginidad. Atraviesa buenos momentos, como las risas compartidas con Julie o el baile en la fiesta con Danny. Los compagina con otros no tan buenos, como las decepciones amorosas o las discusiones con su madre. Pequeños retazos vitales, confusos y caóticos.

Lady Bird no es ni buena ni mala; es tan solo una joven tratando de encontrarse a sí misma y su lugar en el mundo. Vive en el caos que supone ser adolescente e intenta hacer lo que considera correcto. Y esta locura y caos que supone la adolescencia es la esencia del film, porque la adolescencia no es más que eso: una búsqueda de identidad, de apariencia y, en ocasiones, hasta de nombre.

Vivir siendo nosotros mismos, con nuestras dudas, expectaciones y arrepentimientos, en una casa quizá no de ensueño pero a la que poder llamar hogar, con una madre difícil y un padre depresivo y en el paro, pero que nos quieran; no existe vergüenza en nada de eso. La vergüenza está en simular lo contrario. En esa aceptación radica el verdadero despegue de Lady Bird Christine, y no en el del avión rumbo a Nueva York.

En definitiva, ‘Lady Bird’ es una emotiva película sobre el caos de la adolescencia y el complicado paso a la madurez. Puede que no todos nos identifiquemos con el retrato del personaje, pero resulta complicado no hacerlo con su paso por una época de la vida tan particular, con sus obstáculos y dificultades y su correspondiente aprendizaje.

Puntuación: 7/10

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‘Manchester by the Sea’, dolor frente al mar

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La carrera cinematográfica de Kenneth Lonergan ha sido un tanto peculiar. Empezó por todo lo alto en el año 2000 con ‘Puedes contar conmigo‘, obteniendo buenas críticas y una nominación al Oscar por su guión, pero su siguiente película, ‘Margaret‘, se vio envuelta en una complicada postproducción y tuvieron que pasar seis años desde la finalización del rodaje hasta su estreno. Ahora vuelve con ‘Manchester by the Sea‘, melodrama familiar con toques de cine independiente nominado a seis Oscar, incluyendo mejor película y director.

La historia nos presenta a Lee Chandler, fontanero que lleva una infeliz existencia en Boston: apenas tiene trato con sus clientes, no muestra interés por ninguna mujer y se pasa las noches bebiendo a solas en un bar. Una mañana recibe una inesperada llamada del hospital informándole de que su hermano Joe ha sido ingresado, de modo que conduce rápidamente de vuelta a su pueblo natal, pero, al llegar, se encuentra con que Joe ya ha fallecido. Una vez allí, se encarga del testamento de su hermano y descubre que ha sido asignado como tutor de Patrick, su sobrino, del que deberá hacerse cargo en tan difícil situación. Sin embargo, Lee se muestra incapaz de sobrellevar dicha carga debido a cierto trágico suceso de su pasado.

La película, con una sencilla pero efectiva puesta en escena, nos muestra un desgarrador y conmovedor relato cocido a fuego lento en el que el protagonista, un hombre roto, paralizado por la culpa y abandonado a la vida, se ve obligado a regresar a su Manchester natal y hacer frente a su dramático pasado. Con semejante historia, hubiese sido fácil tirar de sentimentalismo y buscar la lágrima fácil, pero uno de los aciertos de la película es hacer precisamente justo lo contrario. La tragedia se camufla con bromas, los eventos dramáticos se muestran de manera cruda, y el dolor se observa en los pequeños detalles (sirva como ejemplo la escena de Patrick ante las fotografías de su tío).

La sensación de impotencia no saber cómo actuar en determinadas situaciones, las diferentes formas de enfrentarse a la pérdida (ya sea a base de puñetazos en un bar o de mantener en funcionamiento un barco), la certeza de que hay heridas que no se cerrarán jamás, el ligero pero siempre presente atisbo de esperanza, el sentimiento de culpa aun sin estar seguro de si realmente se pudo hacer algo para evitar el transcurso de los acontecimientos; todo está presente en esta estremecedora y conmovedora película en la que también hay lugar para la ternura y el humor.

Casi todo el peso de la cinta recae en hombros de Casey Affleck, actor que hasta ahora había mostrado su mejor cara en ‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford‘, pero que aquí da un paso más reflejando el vacío existencial del protagonista a través de una contenida y excelente interpretación. Sentimos en todo momento su impotencia, dolor y lucha interior ante la situación que tiene delante, sin caer en ningún momento en excesos melodramáticos. Junto a él se encuentran un sorprendente Lucas Hedges dando vida a Patrick, el siempre solvente Kyle Chandler como Joe y una inconmensurable Michelle Williams interpretando a la ex-mujer de Lee, quien apenas necesita un par de escenas para desplegar su enorme talento.

Además de la puesta en escena y las actuaciones, la peculiar belleza del pequeño pueblo costero en el que tiene lugar la historia y la bonita banda sonora de Lesley Barber ayudan a dotar a la cinta de ese clima de melancolía y tristeza que la rodea.

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En definitiva,  en ‘Manchester by the Sea’ contención y sutileza se dan la mano para crear un pausado y desgarrador drama que te sumerge en la desolación de su protagonista. Una película en la que las risas duelen y las lágrimas queman. Tan cruel como honesta.

Puntuación: 7/10

‘La gran belleza’, la vida es solo un truco

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Paolo Sorrentino cautivó a la crítica de todo el mundo en el año 2013 con la que es su mejor película hasta ahora: ‘La gran belleza’. Ya sus anteriores trabajos obtuvieron numerosas nominaciones y premios; tanto ‘El amigo de la familia’ como ‘Las consecuencias del amor’ estuvieron nominadas a la Palma de Oro en Cannes y ‘Il Divo’ ganó el Premio del Jurado en Cannes y siete premios David di Donatello. Pero no fue hasta el estreno de ‘La gran belleza’ que Sorrentino rompió el género y acabó de consolidarse, y es que la cinta se llevó un gran número de prestigiosos premios: Oscar, Globo de Oro y Bafta a mejor película de habla no inglesa y Premio del Cine Europeo a mejor película, entre otros. Y no sin razón, ya que pocas veces se ha visto una película como la que nos ofrece aquí el director italiano.

La película es un retrato arrollador de la inevitable vejez, de la pérdida ante lo que nos fue arrebatado o nos arrebatamos nosotros mismos, de la nostalgia de tiempos mejores y de la vacuidad de la mundana existencia. Es, también, un canto a la búsqueda de la gran belleza.

El film empieza con una de las fiestas mejor filmadas de la historia, una secuencia hipnótica en la que se nos presenta a Jep Gambardella, interpretado por un soberbio Toni Servillo, escritor de 65 años que hace tiempo escribió un único y exitoso libro y que ahora se dedica al periodismo. Un personaje que goza de reconocimiento social y una vida acomodada pero carente de motivaciones y hasta de sentido. Lleno de hastío y amargura, se dedica a buscar la gran belleza que una vez experimentó (aquella chica en aquel faro). Pero Jep no está solo en este viaje; durante los 142 que dura la película asistimos a un desfile de personajes tan esperpénticos como fascinantes que constituyen la fauna de Roma: obispos, artistas, políticos, intelectuales, stripers… Personajes que se identificarían con aquellos amigos de infancia del protagonista que respondían “el coño” cuando eran preguntados por qué era lo que más les gustaba en la vida y que, a su vez, nos muestran la cara decadente de una bella y eterna ciudad que se niega a morir.

Es a su vez un poema visual de una ciudad que, al igual que su protagonista, gozó de gloria en el pasado (la Roma del Coliseo y de la Capilla Sixtina) y que ahora se encuentra perdida (la Roma de los políticos corruptos y las tetas operadas). Dos mundos enfrentados que se mezclan con la figura del propio Jep.

Es una película con un fuerte aroma a melancolía (“¿Qué tenéis contra la nostalgia? ¿Eh? Es la única distracción para quien no cree en el futuro. La única.”), a pesimismo (“Los trenecitos de nuestras fiestas son los más bonitos de Roma. Son bonitos porque no van a ninguna parte.”) y a derrota (“Esta es mi vida, y no es nada.”), pero también hay belleza y esperanza, sepultadas bajo el bla, bla, bla.

En cuanto a los aspectos técnicos, no queda más que alabar la labor de todos los implicados. La magnífica dirección de Sorrentino, la excelencia de todos y cada uno de los intérpretes (de nuevo, soberbio Servillo), la idoneidad y belleza de la música, la preciosa fotografía, la complejidad del guión… Todo funciona a la perfección.

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Spoilers

En un momento dado, Jep se encuentra con un mago, que es amigo suyo y está ensayando un espectáculo en el cual hace desaparecer una jirafa. Jep le dice que le haga desaparecer a él también, a lo que su amigo le responde que no puede hacerle desaparecer ni a él, ni a la jirafa, porque “es solo un truco”.

Creo que en dicha escena está la esencia de la película. Jep lleva una vida de lujo: en su ático junto al coliseo organizando fiestas para la alta sociedad de Roma, pero una vida hueca y carente de significado. Lleva años intentando encontrar, como en su segundo libro, la gran belleza, sin poder encontrarla. Es en dicho encuentro con el ilusionista cuando se da cuenta de que se ha enfrascado en encontrar respuesta a la pregunta de adónde fue la jirafa (o la gran belleza, encarnada aquí por su amor de juventud y el momento que tuvieron frente al faro), olvidándose de lo más importante, que es solo un truco. Intentar descubrir la respuesta al truco hace que se pierda la magia.

Esto se sugiere también al final de la película: “Termina siempre así, con la muerte. Pero antes, hubo vida. Escondida bajo el bla, bla, bla. […] Por lo tanto, que dé comienzo esta novela. En el fondo, es solo un truco. Sí, es solo un truco.

Antes he dicho que la película es un canto a la búsqueda de la gran belleza, pero entendiéndola como la asimilación de que ésta ha estado siempre ahí. Nos obcecamos tanto en buscar respuestas a preguntas que no tienen, que nos olvidamos de disfrutar la magia.

Fin de spoilers

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En definitiva, ‘La gran belleza’ es una película para dejarse llevar por ella y volver a creer en la magia del cine y de la vida. Si existe una definición del concepto de belleza, debería ser esta película. Una auténtica obra maestra.

Puntuación: 10/10